lunes, agosto 23, 2010

Cuando lo simple se vuelve un símbolo de esperanza

Cuando las cosas simples son las que realmente mueven a un país, cuando la locura del día a día nos hace olvidar que en la simpleza está la verdadera esencia de la vida, nos llegan estas lecciones escritas a fuego que nos recuerdan lo frágil que es la existencia y lo importante que es aferrarse a la fe y a la fuerza del corazón.


Este 2010, el tan afamado año del bicentenario, nos han tocado dos grandes tragedias, el terremoto del 27 F, uno de los más grandes a nivel mundial y ahora el terrible accidente de los 33 mineros atrapados en la mina San José y en ambas ocasiones, lo que nos queda en la memoria son aquellos símbolos simples pero tan emotivos como la bandera chilena que a pesar de estar rota y sucia, se transformó ella, humilde y polvorienta, en el icono que representó la lucha para levantar el país. Ahora, la bandera también llegó al norte a dar aliento a las familias de los mineros atrapados, y sobre ella, la esperanza de todos nosotros que hemos rogado por un milagro, milagro que por fin ha visto la luz hoy 22 de agosto con la alegre noticia de que los 33 hombres bajo la mina están con vida.

Fueron 17 días de espera, de larga y angustiosa espera que terminó con la certeza de que los mineros estaban vivos y todo se supo gracias a un pequeño trozo de papel que decía: “estamos bien en el refugio los 33”, tan simple como eso, nuevamente una simple, pequeña y humilde nota se transformaba así en otro símbolo de vida y esperanza.

Por todo esto, me pregunto entonces, de qué sirve la tecnología, la modernidad abismante, los avances científicos si no están en armonía con la simpleza de las cosas, con la fe en la vida, con la sabiduría de la experiencia, con la alegría de tener un día de vida más y apreciar ese milagro sin tantas quejas por aquellos problemas que no tienen real importancia.

Me siento feliz por los 33 valientes que siguen luchando en la oscuridad del cerro, me siento feliz porque ahora hay nuevas energías para seguir acompañándolos hasta que vean la luz, me siento feliz porque ya sea Dios o la vida misma, nos enseña que una trozo de papel, una humilde bandera, valen más que todo el oro del mundo porque con su sencillez nos devuelven la fe y la esperanza en el hombre, en definitiva la fe en nosotros mismos.

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